Paquito
Mala leche de vida. Han echado a Paquito a la calle. Toda la vida en el tajo de sol a sol con un bocata traido de casa y la botellaca de agua mineral para que te den la patada...que coño la patada, la puñalada, ¿sabeis por qué?, porque no era un pelota arrastrado, un comenabos al uso...lo de siempre.
Paquito no quería morir en la empresa sin pelear. Se largó a una de esas oficinas llenas de proclamas del 1 de mayo llenas de carteles y fotos de sus líderes portando una especie de banderola con el puño izquierdo bien arriba y apretado... la cara bien alta.... expresando su orgullo proletario como conductor de la lucha de clases.
La visión de tal foto provocaba en nuestro currante un cúmulo de emociones sin fin. Para Paquito esa era la imagen que mejor reflejaba el poder del proletariado. El pecho se le hinchaba cual palomo cortejador en horas de seducción. Diría, siendo atrevido que su verga obrera también se manifestaba presa de la excitación de ese instante que pretendía hacer eterno.
Sin embargo, nunca fue valeroso en demasía. Que va. Una pena, pues su oratoria era con creces la mejor de todas las arengas posibles en estos tiempos difíciles. No dejaba de considerarse un compañero. Uno más. La humildad como actitud ante la vida.
Tras sentarse en el despacho y departir amigablemente con la delegada sindical, expuso de manera clara y concisa su nueva situación laboral. La representante, al ver el pastel, vino a echar balones fuera y decirle que acudiese al abogado que tenían para sacar la mejor indemnización, ya que la readmisión podría suponer un infierno a nivel de represalia laboral por parte de su patronal.
Paquito alucinaba. El quería ser readmitido y pelear. Esperaba el apoyo del susodicho sindicato. Preguntó si no sería apoyado a nivel reivindicativo y demás. Más largas y vuelta a lo mismo. Todo, eso si, aderezado de oratoria bolchevique como si Marx desde la tumba fuese a impedir una injusticia social.
Apretón de manos y a casa. Si el trayecto de ida hacia la misma fue largo o no, eso es un misterio concerniente al dios cronos, pues Paquito tenía el cuerpo en el microbús, pero la mente y sus pensamientos en Dios sabe donde, pero posiblemente cerca de ese universo que pretende dar explicaciones a cosas que no las tienen.
Un poco más adelante se produjo un abandono abrupto de ese sinfín de ideas al abrir la puerta de ese piso hipotecado a 30 años y contemplar como el miembro viril del abogado sindical tunelaba el agujero rectal de su hasta entonces amadísima esposa. Paquito se quedó de piedra. Vale que le pongan los cuernos, pero que encima la mujer tuviese más cara de placer que cuando había tenido relaciones íntimas, pues como que no.
Paquito le dio un hostión al destrozabuyas que quedo noqueado al instante. La mujer, presa del terror, sacó un cuchillo de cocina tamaño peli viernes 13. No hizo falta su uso. Paquito había metido un portazo y marchado del piso.
Quiso ir a un bar a desahogar sus penas. Recordó que no disponía de efectivo. A sacar pasta del cajero automático. Sacó de su maltrecha cartera su tarjeta de crédito e introdujo la misma. No solo el cajero no realizó la petición de efectivo sino que además retuvo la tarjeta. El colmo.
Marcó en el móvil el teléfono adjuntado en la pantalla del artefacto diabólico retienetarjetas para los casos como éste. Tercer tono y una voz melódica le indica que todos sus operadores están ocupados y enseguida será atendido. Salta una musiquilla dulce, melódica, posiblemente clásica, cuyo popósito relajante a fin de disminuir la ira provocada por el suceder de los minutos y no hallar interlocutor solucionador de problemas tarjeteros o similares tiene nulo efecto sobre el afectado.
Interminable media hora después a Paquito se le ha hinchado una vena. No es la de su verga humillada minutos atrás por otra buscadora de petróleo. No. Es la de su cuello que acompaña armoniosamente a su enrojecida cara y resoplante boca cual Mihura vengador de todos aquellos caídos en combate desigual en ruedo de masas sedientas de sangre.
Paquito, fuera de sí por la puta musiquita duermevacas , la imagen de su mujer empitonada, la pérdida de su trabajo, la desilusión sindical, arremete a golpes contra la máquina capitalista sin capital con tal mala suerte que su acto asocial es visto por una patrulla de funcionarios estatales con porra y pistola. La violencia de los golpes asestados hace que los agentes tomen todo tipo de precauciones, es decir, le sorprenden por la espalda y le reducen.
Paquito grita como un poseso. Está sacando toda la rabia acumulada. La lectura que tienen los señores protectores de la ley es bien distinta. Interpretan que ha consumido algún tipo de estupefaciente, así que le caen un par de palos con el fin de poder reducirlo para su traslado en comisaría.
En las dependencias policiales es llevado a una celda. Mientras tanto se comprueba la documentación de la cartera.
Pasan las horas. Paquito es pura dinamita. Exige que se le suelte. Los llama fachas, facinerosos, cómplices de un estado represor... en fin, toda una suerte de improperios llenos de carácter político recordando tiempos preconstitucionales vividos por sus padres.
Al rato aparecen dos señores bien fornidos de mandíbula prominente y gafas de sol. Cojen a nuestro protagonista. Lo sacan de la comisaría y lo meten en un coche con las lunas oscurecidas. Alguien le explicará a Paquito horas después que su carnet ha sido usado por un miembro de una red yihadista.
Sería un buen momento para explicarle a Paquito que Guantánamo está cerrado, pero las descargas electricas que está padeciendo en un lugar vete tú a saber donde no lo aconsejan. Hay dias que es mejor quedarse en la cama. Será la edad
